31.5.07

De donde nadie regresa

Ahora que parece que la Iglesia Católica ha suprimido el dogma del limbo, no sé si estará igualmente en discusión la creencia en el infierno, como lugar donde las almas de los pecadores van, tras la muerte, para sufrir un castigo eterno. Estoy convencido de que la Iglesia Católica asimiló, en gran medida, su concepción del Infierno de las creencias paganas clásicas, y no (o no tanto) de las Sagradas Escrituras. Por supuesto, adaptándolas a su propósito. Pero no me voy a detener en esto hoy.

Los griegos y romanos no tenían una concepción única y unívoca sobre la vida ultraterrena, sobre cuál era el destino que esperaba a las almas de los hombres, cuando morían. La creencia más generalizada es que las almas de los muertos iban a un paraje, ubicado en el subsuelo, llamado Hades (o Averno). Allí los espíritus llevan un tipo de “vida” (si es que se puede llamar así a lo que, en realidad, es no-vida) bastante anodina y desvaída. Sí, “desvaída” en un doble sentido: porque su estado de ánimo es triste, abatido y desesperanzado; y porque la apariencia física y óptica de estos fantasmas es traslúcida y oscura. Es decir, los griegos y romanos pensaban lo mismo que Joaquín Sabina: “hay vida más allá, pero no es vida”.

Una peculiaridad del Hades es que es muy fácil acceder a este emplazamiento, pero que resulta muy difícil, o prácticamente imposible, regresar de allí, una vez que se ha bajado. Este detalle se convirtió en un motivo literario. Veamos algunos ejemplos.

Cuando Catulo lamenta la muerte del pajarito de Lesbia (en su poema 3), se queja de que el animal marcha ahora por un camino del que nadie regresa (vv. 11-18):


qui nunc it per iter tenebricosum
illuc, unde negant redire quemquam.

at vobis male sit, malae tenebrae
Orci, quae omnia bella devoratis:
tam bellum mihi passerem abstulistis.
o factum male, o miselle passer,
tua nunc opera meae puellae
flendo turgiduli rubent ocelli.

Éste ahora avanza por aquel camino tenebroso
de donde dicen que nadie regresa.

¡Malditas seáis, malditas tinieblas
del Orco, que engullís todas las cosas bellas!
¡Me habéis robado a un pájaro tan bello!
¡Qué desgracia, qué pena de pajarillo!
Por tu culpa ahora los ojillos de mi niña
enrojecen y se hinchan de tanto llorar.
Como es sabido, en el libro VI de la Eneida de Virgilio, Eneas solicita a la sibila de Cumas instrucciones para bajar al Hades, con la intención de recabar información de los muertos, y regresar después al mundo de arriba, el de los vivos. La sibila le advierte que el descenso es fácil, porque el Averno, como si se tratara de una tienda "after-hours", está abierto las 24 horas del día. Lo que resulta realmente complicado es regresar (vv. 124-129):


Talibus orabat dictis arasque tenebat,
cum sic orsa loqui vates: «sate sanguine divum,
Tros Anchisiade, facilis descensus Averno:
noctes atque dies patet atri ianua Ditis;
sed revocare gradum superasque evadere ad auras,
hoc opus, hic labor est.

Con tales palabras [Eneas] le imploraba y tocaba los altares,
cuando la sibila tomó la palabra, así: "Linaje de sangre de dioses,
troyano hijo de Anquises, es fácil la bajada al Averno:
las noches y los días permanece abierta la puerta de Dite;
pero hacer el camino de regreso y escapar a los aires de arriba,
eso cuesta trabajo, eso conlleva sufrimiento."


En el famoso monólogo “To be or not to be” (del que hablé aquí), de Hamlet, en la tragedia homónima de Shakespeare, el protagonista confiesa que se suicidaría, para no tener que seguir soportando los males de la vida, si no fuera porque teme al más allá, que define como un “país no descubierto, de cuya frontera ningún viajero regresa”:


For who would beare the Whips and Scornes of time, […]
When he himselfe might his Quietus make
With a bare Bodkin? Who would these Fardles beare
To grunt and sweat vnder a weary life,
But that the dread of something after death,
The vndiscouered Countrey, from whose Borne
No Traueller returnes,
Puzels the will,
And makes vs rather beare those illes we haue,
Then flye to others that we know not of.
(vv. 70, 75-82)

Pues ¿quién soportaría los azotes y desaires del tiempo, […]
cuando él mismo podría procurarse tranquilidad
con una simple daga? ¿Quién aguantaría sufrir estas taras,
para gemir y sudar bajo la carga de la vida,
si no fuera porque el miedo a algo tras la muerte,
a ese país desconocido, de cuya linde
ningún viajero regresa,
confunde a la voluntad
y nos hace aguantar estos males que tenemos,
antes que escapar en pos de otros ignorados?
El poeta contemporáneo Luis Alberto de Cuenca, de quien he citado ya varios textos en este blog (ver aquí, aquí y aquí), porque asimila y desarrolla estupendamente varios temas clásicos, trata el mismo motivo en un sentido poema, publicado originariamente en el libro Versos (1995), y al que el cantante de rock Loquillo ha puesto música:


CUANDO PIENSO EN LOS VIEJOS AMIGOS

Cuando pienso en los viejos amigos que se han ido
de mi vida, pactando con terribles mujeres
que alimentan su miedo y los cubren de hijos
para tenerlos cerca, controlados e inermes.

Cuando pienso en los viejos amigos que se fueron
al país de la muerte, sin viaje de vuelta,
sólo porque buscaron el placer en los cuerpos
y el olvido en las drogas que alivian la tristeza.

Cuando pienso en los viejos amigos que, en el fondo
del mar de la memoria, me ofrecieron un día
la extraña sensación de no sentirme solo
y la complicidad de una franca sonrisa…
Para la imagen, posiblemente de Cuenca se inspiró en el poema 3 de Catulo, que él había traducido así, en los versos relevantes: “Ahora marcha por un camino tenebroso / hacia el país de donde nadie regresa”. Es curioso que en Catulo no leemos ningún equivalente a la palabra “país”, pero Luis Alberto de Cuenca introduce la palabra “país”, tanto en su traducción de Catulo como en la imitación libre del motivo en un poema original. No hay que ser muy perspicaz para sospechar que ese término lo tomó Luis Alberto de Cuenca (quizá inconscientemente) del parlamento de Hamlet, donde, en el contexto del mismo motivo, se usa el sustantivo “country”. Y es que, a veces, las líneas de influencia de la tradición clásica son complejas y sinuosas.

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1.9.06

Nada más dulce que el amor

De Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) ya cité poemas aquí y aquí en este blog. He leído su último libro, titulado La vida en llamas (Madrid: Visor, 2006).

Ahí se incluye el siguiente poema:

ALICIA

Cuarenta grados a la sombra.
Una carretera vacía que se pierde en el horizonte.
Un Chevrolet prestado listo para el desguace.
Una poza rocosa donde tomar un baño.
Un vaso de cerveza helada en un McDonald's.
Dos o tres camioneros con quienes conversar.
Dos o tres camareras a las que vacilar.
Un vendedor de biblias con el que discutir.
Un crepúsculo alucinante.
Todo eso a cambio de una tarde de lluvia
con Alicia en un cobertizo.
La técnica retórica empleada es la que conocemos como priamel: primero (vv. 1-9), se enumeran una serie de elementos supuestamente gozosos para el sujeto; a continuación, se establece la superioridad del amor sobre esos otros placeres de la vida (vv. 10-11).

La técnica, con la misma implicación erótica, ya está en el epigramatista griego Asclepíades de Samos, del siglo III a.C., que fue considerado el inventor del epigrama erótico alejandrino (Antología Palatina 5.169):

Ἡδὺ θέρους διψῶντι χιὼν ποτόν, ἡδὺ δὲ ναύταις
ἐκ χειμῶνος ἰδεῖν εἰαρινὸν Στέφανον·
ἥδιον δ', ὁπόταν κρύψῃ μία τοὺς φιλέοντας
χλαῖνα καὶ αἰνῆται Κύπρις ὑπ' ἀμφοτέρων.


Dulce es para el sediento el agua fresca en el estío,
dulce para los marinos contemplar tras el invierno la primaveral Corona Boreal.
Pero más dulce es que una misma manta cubra
a dos enamorados que veneran a Afrodita.

No es implausible suponer que Luis Alberto de Cuenca, fino helenista, se haya inspirado en el poemita de Asclepíades para su propia composición.

Por cierto, es muy probable que también Jaime Gil de Biedma leyera e imitara ese epigrama de Asclepíades. Sabemos que Biedma, aunque no conocía el griego, leyó la Antología Palatina en traducción francesa, en los Clásicos Garnier. El poema en que Gil de Biedma presenta reminiscencias claras con el epigrama helenístico es «Vals del aniversario», perteneciente al libro Compañeros de viaje (Barcelona, 1959), y arranca así:

VALS DEL ANIVERSARIO

Nada hay tan dulce como una habitación
para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,
fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,
y parejas dudosas y algún niño con ganglios,

si no es esta ligera sensación
de irrealidad. Algo como el verano
en casa de mis padres, hace tiempo,
como viajes en tren por la noche. [...]
Curiosamente, en «Canción de aniversario», del libro Moralidades (1966), el poeta se cita a sí mismo, evocando de nuevo el epigrama de Asclepíades:

Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
He estudiado con más detenimiento la tradición clásica presente en Gil de Biedma en este artículo.

Me doy cuenta, por cierto, que casi siempre comento aquí a los mismos poetas, mis clásicos: Catulo, Horacio, Virgilio, Estacio, Fray Luis de León, Quevedo, Gabriel y Galán, Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma...

Deseo a mis lectores que disfruten del amor, de la poesía y de la vida.

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1.8.06

Contigo amaría vivir

En la Oda 3.9 de Horacio (65-8 a.C.) encontramos un diálogo entre el sujeto lírico (más o menos identificable con el propio poeta) y una antigua novia, llamada Lidia. Se trata de un diálogo amebeo, consistente en que ambos interlocutores se van respondiendo con igual número de versos y similar contenido en sus intervenciones. La técnica es más propia del género bucólico y aparece únicamente aquí en la obra de Horacio. [Para los especialistas, cabría precisar que Horacio se inspiró muy probablemente en una composición de Catulo, la 45, donde aparece un contenido comparable y también una especie de diálogo entre dos amantes].

Pues bien, en la primera intervención, Horacio y Lidia rememoran su amor dichoso; en la segunda intervención, ambos comentan que en la actualidad tienen nuevos amantes (él, a Cloe; ella, a Cálais); finalmente, en la tercera intervención el sujeto masculino propone retomar el amor, y ella acepta.

He aquí el texto latino:

Donec gratus eram tibi
nec quisquam potior bracchia candidae
cervici iuvenis dabat,
Persarum vigui rege beatior.

«donec non alia magis
arsisti neque erat Lydia post Chloen,
multi Lydia nominis
Romana vigui clarior Ilia.»

me nunc Thressa Chloe regit,
dulcis docta modos et citharae sciens,
pro qua non metuam mori,
si parcent animae fata superstiti.

«me torret face mutua
Thurini Calais filius Ornyti,
pro quo bis patiar mori,
si parcent puero fata superstiti.»

quid si prisca redit Venus
diductosque iugo cogit aeneo,
si flava excutitur Chloe
reiectaeque patet ianua Lydiae?

«quamquam sidere pulcrior
ille est, tu levior cortice et inprobo
iracundior Hadria,
tecum vivere amem, tecum obeam lubens.»
Fray Luis de León (1527-1591), eximio poeta tanto en sus composiciones originales como en sus traducciones de los clásicos, vertió la Oda horaciana con gran elegancia y exactitud:

HORACIO: Mientras que te agradava,
y mientras que ninguno, más dichoso,
los braços añudava
al blanco cuello hermoso,
más que el persiano rey fui venturoso.

LYDIA: Y yo, mientras no amaste
a otra más que a mí, ni desdichada,
por Cloe me dexaste,
de todos alabada,
y más fui que la Ilia celebrada.

HOR. A mí manda agora
la Cloe, que canta y toca dulcemente
la vigüela sonora;
y porque se acreciente
su vida, moriré yo alegremente.

LY. Y yo con inflamado
amor a Calais quiero, y soy querida;
y si el benigno hado
le da más larga vida,
la mía daré yo por bien perdida.

HOR. Mas, ¿qué, si torna al juego
Amor, y se torna a dar firme laçada;
si de mi puerta luego
la rubia Cloe apartada,
a Lydia queda abierta y libre entrada?

LY. Aunque Calais hermoso
es más que el sol, y tú más bravo y fiero
que mar tempestuoso,
más que pluma ligero,
vivir quiero contigo y morir quiero.
Por fin, como tercer estadio de la evolución poética del poema, Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), de quien ya cité otro poema en este blog, compuso una “variación” o versión libre del poema de Horacio, con un estilo más sintético:

SOBRE UNA ODA DE HORACIO

- Mientras yo te gustaba
y no había rival que rodease
tu cuello con sus brazos,
fui feliz.

- Cuando tú me querías
y no tenías ojos para otra,
y eras mi fiel esclavo,
fui feliz.

- Es ahora mi dueña
una mujer más guapa y más simpática
que tú. Y tiene dinero.
Soy feliz.

- No puede compararse
contigo el hombre con quien salgo ahora.
Joven, rico, apacible.
Soy feliz.

- ¿Qué si yo te dijera:
ven, amor, torna al yugo que rompimos,
deja al imbécil ese,
vuelve a mí?

- Aunque él es más hermoso
que el sol, y tú la sombra de una sombra,
a tu lado, mi vida, he
de morir.
Yo estimo que no hay declaración de amor más plena y hermosa que la que dirige Lidia a Horacio en el último verso de la oda latina:

tecum vivere amem, tecum obeam lubens
("contigo amaría vivir, contigo moriría gustosa.")

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